Educación y violencia
Pareciera que la violencia es el
rasgo que perfila al hombre de hoy; una violencia que amenaza no sólo con
destruir vidas, sino que amenaza con destruirnos en vida. Se trata de una
violencia de distinto alcance a aquella que recorrió la historia de
generaciones anteriores. Esa, tenía carácter de episodio, por cuanto se
circunscribía a tiempos y espacios, independientemente de la frecuencia, extensión
y crueldad que pudiera revestir. Cualquiera fuera su forma – riña, homicidio,
guerra, genocidio u otros- era considerada, al menos en la formalidad, un mal
que toda persona o grupo social civilizado tenía como deber evitar. Es
importante destacar el carácter episódico que entonces le caracterizaba; pues
era ella la que aparecía destemplando la vida, rompiendo con la continuidad y
armonía que genera la paz y no, a la inversa, como acontece en la actualidad,
donde el vivir en paz se reduce a momentos extraordinario, a especies de
episodios entre guerras.
Lo cierto es que la violencia ha
cambiado; mejor dicho, el hombre actual la vive, valora y enfrenta de forma
distinta. Participamos de ella a diario, en forma constante, continua; se hace
habitual, rutinaria. Es la violencia como estilo de vida; sin distingos de
edad, sexo o situación socioeconómica: Niños, jóvenes o adultos son nota
habitual de la crónica de asaltos, violaciones o asesinatos. Múltiples guerras
se superponen en un entramado de grandes y pequeñas potencias La violencia
intrafamiliar forma parte de las estadísticas de los telediarios. La
drogadicción, el abuso sexual y laboral, dan lugar a poderosas redes de
corrupción que involucran actores de los más diversos sectores económicos y
profesionales. El lenguaje ofensivo es parte del habla común. La agresión cobra
víctimas en las escuelas… En fin, un hombre violento y/o violentado va
configurando un mundo del mismo tono; un mundo que nos limita y nos hace vivir
defendiéndonos; esto último, muchas veces también en forma agresiva.
Eugenio Yáñez Rojas, filósofo y profesor universitario por más de veinte años, en las primeras líneas de su libro “Crisis y esperanza” hace una breve pero dramática estadística de algunas de las amenazas que afectan a la sociedad en general y, en ella, a sus alumnos universitarios:
“Si usted demora
diez minutos en leer este prólogo, en ese lapso se habrán producido en el mundo
15
suicidios (uno cada diez segundos), 4000 abortos (400 por minuto) y 10
asesinatos. Morirán poco más de 3000 personas (una cada diez segundos) víctimas
del sida. Los más de 41 conflictos bélicos que azotan al mundo habrán cobrado
cientos de inocentes víctimas. Otras tantas morirán a causa del terrorismo. En
estos diez minutos centenares de niños habrán muerto literalmente de hambre o
serán maltratados y/o abusados sexualmente. También gran cantidad de mujeres (y
algunos hombres) estarán siendo agredidas física y psicológicamente por sus
“parejas”. En Sudáfrica habrán violado a 40 mujeres. En este breve lapso miles
de personas están intentando escapar del tedio y vacío existencial (quizá un
hijo o hermano, un padre o un amigo) a través de la droga y el alcohol o tal
vez visitan algún especialista para superar su depresión, angustia, crisis de
pánico y tantos otros trastornos mentales. ¡Y podríamos seguir! En suma, en
estos diez minutos nos encontramos con demasiada muerte y destrucción, con ríos
de lágrimas, impotencia y desesperación” (Yáñez, E. (2004). Crisis y esperanza
(1ª. ed.). Santiago, Chile: RIL.)
¿Decadencia; crisis? Toda crisis
implica cuestionar y cuestionarse, entrar en estado de alerta ante la
incertidumbre o la inestabilidad que se percibe. Hay que detenerse pero no para
quedar estático, sino para reflexionar, decidir, discernir. Hay que descubrir
qué es lo que se debe desechar y qué es lo que se debe salvar, atesorar,
cultivar. Se debe terminar con…, renunciar a…, distinguir entre savia y
corteza; sólo así la maleza no destruirá el fruto. No, no es lo mismo entrar en
crisis que ir en decadencia. En la primera, no sólo hay un no dejarse estar
sino un fortalecimiento del espíritu: en medio de la oscuridad, del caos, de la
confusión, el alma fiel al ideal, a los valores trascendentes, pone en tensión
todas sus capacidades para buscar la luz, el orden, la proporción, la armonía.
Por ello la crisis es amenaza y oportunidad; decadencia y maduración. La
amenaza se hace presente cuando huimos para no enfrentarnos ni enfrentarla;
cuando sucumbimos ante la presión de los demás y de las propias debilidades;
cuando disfrazamos la felicidad de bienestar o placer, cuando la vida es sólo
agitación y violencia. El peligro de la crisis es la decadencia, el vacío
existencial. La oportunidad que nos ofrece la crisis se resuelve en su
enfrentamiento; cuando ponemos en juego nuestro temple, fe y esperanza; cuando
renovamos nuestro compromiso vocacional y con los valores. Es este juego de
amenaza y oportunidad y el deber profesional lo que justifica esta tesis.
Necesitamos aprovechar cada situación que nos ofrece la vida para educar, para
enseñar a enfrentar las crisis propias de toda vida y la de un mundo amenazante
en forma extraordinaria. Uno de mis recordados maestros, D. Héctor Herrera
Cajas decía:
”Tenemos que continuar, esa es nuestra tarea ineludible, a la cual no podemos hacerle el quite. Pero para eso, para encarar la crisis, es indispensable prepararse, y esto es, en último término, la gran tarea de la educación: preparar al niño, al joven, para que sea capaz de enfrentar un mundo que va a provocarle tensiones tremendas que, en algún momento, aparecerán como desgarros inmensos…” Herrera, Héctor (1988). Dimensiones de la responsabilidad educacional. (1ª. ed.). Santiago, Chile: Ed. Universitaria.
La
violencia implica una pérdida de la sensibilidad, del asombro; ya no nos
conmueve. Los medios de comunicación nos
han inoculado y la objetivación se ha apoderado de las aulas, quitando de
nuestra mirada y entendimiento lo valioso del Universo, de cada uno de nosotros
y de nuestros mundos. Sin un sentido de
verdad, bien ni belleza, dignidad, es fácil destruir todo; partiendo por
destruirnos a nosotros mismos. Todo está
al mismo nivel; todo es comprable, desechable, sustituible, innecesario,
reemplazable. Sólo una pedagogía
enraizada en la realidad, nos podrá llevar al reencuentro con lo valioso de
ella y reencantarnos en la búsqueda de un ideal.
Hacia una educación de la sensibilidad y
de lo estético.
Nuestro sistema nervioso y
órganos, nuestra capacidad racional y emocional, nos disponen, en la medida que
están sanos, a tener una serie de sensaciones y análisis que nos pueden
provocar experiencias de gusto, agrado, placer o sus contrarios: disgusto,
displacer o dolor, desagrado. A diferencia de ello, la sensibilidad implica una
toma de conciencia y el descubrimiento, redescubrimiento o creación del sentido
que vincula sensaciones, ideas, emociones, a valores que les trascienden. Veo
el movimiento de los astros y planetas, estudio y entiendo una serie de
relaciones y fórmulas astrofísicas explicativas de las órbitas, me alegro y
emociono ante el éxito del lanzamiento de un nuevo observatorio espacial; pero
aún no tomo conciencia de todo lo que ese conocimiento me está diciendo…
La sensibilidad como conciencia
del valor de una realidad o situación, de un ámbito, nos muestra la materia
pero para desocultar lo que está a resguardo, atesorado pero al mismo tiempo esencial
y explayándose en un sentido trascendente. Los sentidos nos ofrecen una somera
información; una especie de llamado de atención que luego debemos integrar en
un examen de conciencia…Por eso uno de los peligros es que al entregar el
conocimiento disperso, la realidad fraccionada, el educando se quede en la
parte o aspecto y no capte el sentido cuyo valor se aprehende en el todo; y no
sólo de una realidad sino de la situación real en que esa realidad actúa
respecto de otras y de un todo situacional.
Por lo mismo no capto el sentido que tiene en el otro su palabra y su
mirada; no lo escucho ni veo; menos aún percibo su intención ni su valor; lo más
increíble y trágico que tampoco los propios.
¿Qué hace la pedagogía al respecto?
Recuerdo aún esas clases de
biología, donde se supone, aprenderíamos a entender, valorar y respetar la
importancia de la vida, nuestras vidas y las de los demás. Pero… ¿podemos
llamar biología al repetir una y otra vez las funciones y partes del aparato
circulatorio, del ojo o del aparato reproductor? ¿Aprendemos a respetar la vida
de la naturaleza, analizando cadáveres de insectos o peces? ¿Facilitamos de esa
forma la captación del sentido, nobleza, belleza y valor de la vida? Tuve un profesor en mis tiempos de
estudiante, a quien aprendí a valorar no a través de sus clases sino de un
libro “Memorias de la otra existencia”. Al terminar sus estudios, recordaba con
gratitud a quien calificara de cómo “cierto exótico profesor de la escuela”, su
profesor de anatomía comparada, Hans Möllendorf “maestro eminente, único en
quien había observado a cada paso una especie de estremecimiento estético en la
manipulación de las materias de su especialidad. Entonces sucedía algo
inesperado y sublime. El profesor perdía la rígida compostura de sus gestos y
movimientos y su inexpresiva mímica de expositor objetivo. Olvidado del rigor
de su clase se transformaba en el estupefacto contemplador de algo inaudito.
Entonces absorto en el espectáculo de una probeta o de una lámina en el fondo
de un microscopio, el profesor emitía opiniones carentes de todo valor
científico y absolutamente inverificables. Decía por ejemplo “Aquí tenemos una
suspensión de diatomeas que ejecutan un maravilloso ballet acuático” (…), otras
decía, “Si vivir es crecer, entonces vivir es interpretar una partitura. Y el
alma, cada alma, es el intérprete de esa partitura”. “Ah, si tuviésemos,
agregaba, oídos más delicados oiríamos el crecimiento desde la mórula hasta el
embrión como un crescendo en que van entrando sucesivamente los vientos, las
cuerdas y los cobres, y sentiríamos a la vez que el alma goza indeciblemente al
componer su propio cuerpo”. Le daba, pues, gracias a ese hombre poco común y a
la vez me preguntaba que le sucedía al alma una vez cumplida su jubilosa tarea,
despertada ya al mundo y entregada a su propia decisión. ¿Podría ella hacer de
sus energías aún no gastadas el despliegue simple e impecable de una música
concertante” (Rafael Gandolfo B. Ed. Universitaria, 1985, p. 86-87). Amor, contemplación, sensibilidad para
aprehender lo esencial y su belleza tras lo que aparece como primera
información a los sentidos y a la razón…Entonces se toma conciencia, porque nos
sobrecoge, la armonía, el resplandor del ser, es decir, su auténtica belleza;
la belleza de ser. Ese mismo
conocimiento que a veces parece asfixiarnos por la forma como nos lo entregan,
en otros hace que pase a ser sentido de vida; por algo será…
Estamos ante lo que podríamos
llamar Pedagogía y Educación Estéticas: Pedagogía que educa a partir del
encuentro con la realidad a través de su belleza; pedagogía que nos coloca en
situaciones que nos instan a afinar el espíritu, el entendimiento, para discernir
entre lo esencial y lo efímero, lo profundo y lo superficial, la presencia y la
apariencia, la morada y el espacio, el ocio y el negocio, la realidad ambital o
transobjetiva y los objetos o cosas, el acontecimiento y el dato, lo atesorable
y lo desechable, lo superior y lo inferior, la belleza y lo bonito;..
"Hay formas distintas de
belleza. Entre ellas destaca lo sublime, lo que nos asombra por su grandeza y
valor, y nos invita a elevarnos a su altura. Esta elevación sólo podemos
llevarla a cabo si somos sensibles y receptivos. (...) Cuando se piensa en lo
pobres, se lamenta automáticamente su carencia de alimento, vestido y hogar.
Pero se alude menos a la sordidez del ambiente y a la fealdad del entorno.
Parece olvidarse que la belleza va de la par con la verdad y la bondad. Son
tres lo ejes de la vida humana normal" (Alfonso López Quintás en "El
Libro de los valores" que escribiera junto a Gustavo Villapalos. Planeta
1998. España, p. 351 y 353)
¡Qué riqueza de ser la de hombre
y cuán compleja! En el mundo natural, cada realidad está predeterminada a
cumplir con su ser - el puma a ser puma, la montaña a ser montaña. En la
existencia de estas realidades no hay engaño; en sus respuestas no hay error.
Sus existencias son auténticas, simplemente son y, en ellas, el bien es natura
y la belleza también. Por lo mismo, bien, verdad, belleza, en las realidades
naturales, no implican mérito porque están inscritos en su constitución; pronto
a desarrollarse espontáneamente en consonancia con sus esencias. Pues bien,
mientras la naturaleza despliega sus fuerzas de ser sin más; el ser humano,
consciente de esas realidades, de la propia realidad y de ser, responde ante sí
y ante lo y los demás, acogiendo o rechazando, descubriendo y ocultando o
desfigurando, colaborando o abortando… Sólo la educación de la sensibilidad,
permitirá apreciar la grandeza en lo pequeño, al mismo tiempo que nos despejará
la visión cuando los ostentos del camino insistan en separarnos del ideal. Sin sensibilidad para captar los reales
valores y los valores morales, no es posible educación ni diálogo alguno.
Por último, aclaremos que
Pedagogía o Educación Estética no es lo mismo que Pedagogía en Arte o Educación
Artística. Mientras la primera forma al hombre contemplador de toda belleza –natural,
artístico y sobrenatural- la pedagogía del arte y educación artística forma al
profesional creador de obras de arte. Así, la educación estética es parte de la formación
de la persona como tal, de toda persona y todo acto personal. Es la formación
del hombre como contemplador. Enseñar a vivir la vida y cada uno de sus actos
en forma bella, para ser mejores personas, es nuestro reto. Es la belleza del
ser la que tiene manifestaciones o proyecciones sensibles para las cuales hay
que educar la sensibilidad. La educación de la sensibilidad o estética – de la
belleza- impulsa la ascensión del hombre desde lo visible a lo invisible.
La
pedagogía es experiencial: “se hace cargo”, “carga” y “encarga
de la realidad”
Se puede indagar (investigar) y no enseñar, pero no se puede
enseñar sin haberse preguntado antes por la realidad; sólo así es posible
direccionar la creatividad y optar por aquellas respuestas que impliquen un
“cultivo de…” y no una “destrucción de…”.
En nuestro caso, como educadores a través de alguna especialidad,
debemos aventurarnos tanto en la realidad a enseñar como en la realidad de
quiénes enseñaremos. Conocer nuestros educandos es conocer la realidad que
viven; entender cómo la experimentan, qué sentido y valor le dan en el marco y
horizonte de sus biografías irrepetibles. Por lo tanto, conocer nuestros
alumnos no es cuestión de investigación de probabilidades estadísticas o juego
de variables que son eficaces, no cabe duda, en el ámbito del mundo
predeterminado donde A=A. La existencia
personal es una historia única que como tal sólo puede revelarse en el
encuentro interpersonal; en la convivencia y en la narración: la única forma de entender la fuerza,
sentido y dinámica de las experiencias de vida de nuestros alumnos es en nuestras
propias experiencias. La pedagogía
es “pedagogía experiencial”.
Pues
bien, nos apropiaremos de una distinción que hacía Ignacio Ellacuría respecto
tres momentos éticos, para aplicarlos como principios metodológicos de lo que
llamaremos “Una Pedagogía Experiencial”:
1) hacerse cargo de la realidad, 2) cargar con la realidad y 3) encargarse de
la realidad.
- «Hacerse cargo de la realidad» implica entender
una situación real que tenemos ante nuestra mirada; tener claridad
sobre los elementos que la conforman, cómo se conjugan e influyen en ella.
- “Cargar con la realidad” implica determinar y analizar los distintos grados de
responsabilidades que se articulan en una situación; distinguiendo
entre causas, influencias y condiciones. La causa es la determinante. Si
no tienes el don o virtud del canto, por ejemplo, jamás podrás cantar
bien, aunque tengas la oportunidad de acceder a los mejores maestros de
canto. Pero si cantas bien, la
causa es tu don y tu esfuerzo por realizarlo; el maestro ha sido una buena
y a lo mejor gran influencia o apoyo positivo, que ha facilitado la acción
de la causa que es siempre íntima; pues somos libres. Ahora bien, podrás saber cantar; pero si
estás afónico o estás en un recinto donde se debe guardar silencio; hay
que esperar o hacer algo para que cambien las condiciones. Es claro que por muy sanos que estemos
de garganta y hayamos tenido muy buena escuela, sin don y amor por el
canto, no cantaremos como deberíamos hacerlo. Análogamente, una vez que tengamos claridad
sobre las causas, influencias y condicionantes de las situaciones que
marcan la historia de vida de nuestros educandos; estaremos en condiciones
de “encargarnos de la educación de ellos”
- “Encargarnos de la realidad” implica estar en condiciones de poder asumir
una responsabilidad frente a quienes nos hemos comprometido. Es el momento
de responder, de asumir la propia responsabilidad; de tomar las riendas para guiar a quienes
nos corresponda por buenos caminos y, si no existen, construirlos. Es el momento de buscar o crear un buen material que resista los embates
negativos y otorgue seguridad a educandos y educadores. Es el momento de liderar para instar a otros a
colaborar en la misma ruta. Alfonso
López Quintás, afirmaba en el libro que escribiera junto a Gustavo
Villapalos: “La responsabilidad es siempre proporcional a la
dignidad. La dignidad de quien
consagra su vida a orientar a niños y
jóvenes es muy alta. Se hace
responsable del futuro de estas personas y, consiguientemente, de la
sociedad”
Antes
de hacernos cargo de otros, debemos hacernos cargo de sí mismos.
Entender o entendernos no es
fácil. Por ahora, digámoslo en forma
simple: Somos lo que hemos ido haciendo de nosotros a lo largo de nuestra
trayectoria de vida; en ello debemos incluir lo que podíamos o debíamos haber
sido y no fuimos y lo que podríamos o deberíamos ser y aún no realizamos.
Entender el actuar personal, es mucho más complejo que tener a la vista un
relato de hechos o datos sobre la vida de alguien. A veces la explicación o comprensión de una
actitud, decisión o comportamiento está en la interpretación o sentido que
hemos dado en el pasado a una experiencia que, para otros, podría no tener
mayor incidencia. Vamos mejor por parte:
a) La necesidad de reflexionar sobre la
experiencia.
Nuestra vida es un continuo de experiencias o
vivencias que van configurando lo que llamamos nuestra biografía o historia de
vida. Se trata de experiencias de
diversa envergadura o impacto; tanto para nuestra existencia como para la de los
demás; experiencias no siempre reflexionadas que, sin embargo, pueden alcanzar
el rango de acontecimientos, esto es, marcar el rumbo de nuestras vidas, con su
carga de posibles e imposibles. Por ello, no es más
sabio quien más ha vivido sino quien constantemente va extrayendo principios de
vida a partir de lo experimentado.
Podemos pasar por la vida o vivirla con mayor o menor profundidad,
dependiendo de cuánto vayamos aprendiendo de la misma. Así, nuestra vida es la historia de nuestras
experiencias y de la reflexión sobre ellas, lo que es también una experiencia: la experiencia de reflexionar sobre la
experiencia. Así, no es lo
mismo la experiencia de amar –estar amando- que la reflexión sobre qué
significa amar o que amemos a tal o cual persona. Tampoco es lo mismo ser
agredidos o agredir que reflexionar sobre ello, buscando sus causas y
consecuencias. Tengamos presente,
entonces, que la reflexión sobre una
experiencia será siempre sobre una experiencia pasada y que ese pasado podrá
ser próximo o remoto.
Aclaremos que no reflexionar
sobre nuestras experiencias de vida no significa que éstas sean algo oscuro o
inconsciente. Quien en estos momentos está leyendo estas líneas no está
reflexionando sobre su experiencia de leer, pues ello le impediría leer; pero
ello no implica que su leer sea inconsciente.
De hecho, si le preguntamos qué está haciendo, dirá:”leyendo”. Lo
habitual es, entonces, ser “conscientes
no –reflexivos” respecto nuestras experiencias o acciones. La reflexión
sobre nuestras experiencias nos lleva más allá que la toma de conciencia;
implica el acto de volver la mirada hacia nuestro interior, hacia lo que nos
está aconteciendo. La reflexión es una introspección, un volverse sobre sí
mismo que puede revelarnos las causas, condicionamientos y elementos que están
conformando nuestra forma de existir, en un momento de la historia de nuestras
vidas; en una situación determinada. Esta reflexión podrá permitirnos
descubrir, entender e incluso replantear el curso mismo de nuestras existencias;
evaluar nuestros proyectos personales y la forma de llevarlos a cabo y, por
último, extraer aquellos principios que nos orientarán en futuras decisiones y
se constituirán como criterio de crecimiento, estancamiento o destrucción
personal. Nos permite, en otras palabras, hacernos cargo de nuestra realidad.
¿Qué nos sucede, qué sentido tiene tal o
cual decisión, qué significa tal acontecimiento o persona en nuestras vidas,
qué experiencias nos hacen crecer y cuáles nos consumen, qué es lo más importante,
qué debemos asumir y qué superar, cuáles han sido nuestros errores y aciertos y
cuáles sus consecuencias? En fin, son muchas las reflexiones que necesitamos
hacernos constantemente para no perdernos en un mundo cada vez más apremiante y
conflictivo que, así como nos ofrece múltiples posibilidades, también nos pone
cada vez mayores dificultades para alcanzarlas en forma honesta.
b)
Situacionalidad de la experiencia
En cada una de nuestras
experiencias está involucrado todo nuestro ser personal; no puede ser de otra
manera; somos indivisibles: afectivos, inventivos, morales, intelectuales,
sociales (familiares, amigos, adversarios, habitantes, ciudadanos, etc.),
creyentes, más o menos saludables o vitales y todo ello en un constante y
continuo acontecer que va conformando nuestra historia de vida. Indivisibles,
complejos por nuestra riqueza de ser, únicos e íntimos, vivimos situaciones
también únicas, que dan una tonalidad a nuestra existencia según sean
predominantemente afectivas, morales, intelectuales, religiosas, sociales,
corporales, estéticas, etc. Durante el
nacimiento de un hijo, por ejemplo, para la madre predominará la dimensión
afectiva, mientras para el médico la intelectual; pero, en ambos casos, está
allí cada ser involucrado por entero en esa experiencia: su historia de vida,
sus valores, sus conocimientos, su afectividad, sus creencias… Entender una
experiencia de vida, implica tener presente todas sus dimensiones; sin olvidar
que somos únicos e indivisibles, en situaciones de vida también únicas e
irrepetibles. Una reflexión sobre
nuestra experiencia debe considerar que ésta se da no en el vacío sino en un espacio y un tiempo determinado, que
forman parte explicativa de la misma.
c) La
reflexión sobre lo que nos acontece no es inmediata.
No cabe duda la importancia de la
reflexión sobre nuestras experiencias; sin embargo, es importante tener
presente que la reflexión sobre éstas, no es inmediata ni fácil. A veces, la
comprensión de algo experimentado cuando niños o jóvenes, lo entenderemos mucho
más tarde; después de numerosas reflexiones e iguales aciertos y errores. Es
más, recordemos que nuestra reflexión es sobre una experiencia necesariamente
pasada; por lo cual "el sentido de una experiencia no llega en realidad a
ser nunca decisivo o concluso. Y esto ocurre no sólo porque en el curso de la
existencia alteramos la valoración de nuestros propios actos pasados; es que,
de hecho, nuestras experiencias reobran sobre las anteriores, y por ello es
posible que las valoremos, con el tiempo, de modo distinto." (E. Nicol en
su "Psicología de las situaciones vitales”)
¿Cuánto tiene que pasar para entender una
actitud, una decisión, una palabra o un silencio? Por ello debemos tener cuidado con nuestro
sentido de culpabilidad, con el culpar o culparnos. Así, cuando hoy nos demos cuenta que fue un
error la decisión de hablar o callar, hacer o no hacer esto o lo otro; también
deberemos tener en cuenta que en ese entonces, tal vez, no teníamos la edad, la
sabiduría de vida o conocimientos necesarios para percibir las cosas de otro
modo; o, quizás, no se dieron las circunstancias que nos habrían permitido
resolver esas situaciones de una manera más eficiente. Acaso hoy encontremos
explicaciones o formas de actuar que habrían sido más certeras; pero es bueno
tener presente que hoy somos otros. A
modo de ejemplo, recordemos las situaciones presentadas en el film Mysterious
Skin: Brian y Neil eran niños indefensos cuando fueron abusados por el entrenador;
no podían responder de lo que por sus edades y circunstancias afectivas y
familiares era para ellos imposible de entender y asumir de otra manera.
d) El pasado que no pasa…
Para nuestro tema – la pedagogía
experiencial – nos interesa aclarar algo más la historicidad que nos conforma.
En primer lugar, aclaremos que el pasado no es sólo lo que fuimos o hicimos;
sino también lo que podíamos ser o hacer y no fuimos o hicimos y lo que
sabíamos que no podíamos o no debíamos ser o hacer... ¿Recuerdan alguna
experiencia al respecto y de qué forma hoy nos conforma como un posible o un
imposible? Pero no es sólo lo que nos ha
pasado lo que hoy nos conforma en una especie de estilo de ser, de existir y de
habérselas con el mundo; sino nuestra forma de proyectar ese suceso. ¿La
madurez adquirida al día de hoy, acaso no nos permitiría tener otra apreciación
de los sucesos pasados y, consecuentemente, otra forma de vivir este presente y
proyectar nuestro futuro?
“De nuestras experiencias pasadas, unas
son más próximas y otras más remotas a nuestro presente actual (…). Lo próximo a nuestro presente puede ser algo
que distingamos como remoto en una sucesión temporal homogénea. E, inversamente, lo remoto en el tiempo puede
ser, para nuestro presente actual, efectivamente más cercano. Por la función misma del recuerdo, las
experiencias pasadas se aproximan a nuestro presente, alejando de él a otras; y
el olvido las aleja a todas, unas más y otras menos rápida y totalmente. (…) Es
la relación afectiva con el presente lo
que determina casi siempre la proximidad o lejanía de una experiencia pasada
respecto ese mismo presente. (…) Una
experiencia pasada puede sernos próxima lo mismo si ella fue grata, o si su recuerdo es grato, que si fue
desagradable.” (Ibíd. Pág. 55)
Por ello, antes decía que
nuestra historia de vida no es lineal, no se lee a reglón seguido. Recuerdos y olvidos saltan espacios, uniendo
tiempos lejanos, trayéndolos al presente y alejando otros, hasta hacerlos casi
desaparecer…Por ello no hay medidas ni instrumentos válidos para cualificar el
tiempo vivido por cada cual, cuán lejano o cuánto pasado ha vivido y cuánta
experiencia ha “acumulado” . Las causas de la violencia no cabe duda que se
encuentran en experiencias próximas que pueden encontrarse lejanas en el tiempo
cronológico; en los inicios de la vida; en el pasado que no pasa… Sin embargo, no estamos determinados por el
pasado pues somos, al mismo tiempo, lo que aún no somos.
e) La experiencia del futuro presente y como
posibilidad.
Ser el mismo no es lo mismo que
ser igual o idéntico. Nuevas experiencias nos presentan nuevas posibilidades y,
por lo mismo, imposibilidades. Y si bien
es cierto que hoy somos el resultado de las elecciones y rechazos realizados en
el pasado, y que estos circunscriben nuestras posibilidades futuras; no menos
cierto es que el pasado no nos limita, no nos cierra o determina nuestra
mismidad abierta a los cambios, a lo distinto, a lo que antes no hemos sido o
vivido. Podemos cambiar el curso de la
historia de nuestras vidas, proyectarla de modo que nuevas experiencias la
potencien en direcciones distintas a las hasta hoy llevadas.
Somos el mismo que se va
construyendo día a día, por lo tanto, siempre distinto; siempre novedoso. El
futuro, nos es primordial porque en él está la esperanza, el sentido y
finalidad de nuestros afanes, de la educación; del paso de la violencia a la
paz. Por ello, el hombre que siente no tener futuro posible; es un hombre
"sin vida"; "preso de la desesperación", no espera nada; se
deja estar. De ahí también la actitud heroica de quien sentenciado de muerte,
vive con fuerza cada momento de su vida; de ahí lo sobrecogedor de sus últimas
disposiciones y de ahí la diferencia entre quien ve la muerte como un tránsito
y quien la ve como el fin de la existencia.
Si el futuro es lo que puedo
llegar a ser o a hacer; si es posibilidad, es importante entonces preguntarse
¿Qué es lo que queremos hacer; quiénes queremos llegar a ser? Nicol dirá
"Cuando la facultad de proyectar, agotada por las dificultades del presente,
o por la oscuridad del porvenir, se rinde y exclamamos veremos lo que pasa,
dejando que el futuro venga a nosotros, incluso entonces sabemos que algo va a
ocurrir, que inexorablemente se va a producir una situación en la cual nos
sentiremos inmersos, o de la cual seremos constituyentes. Pero no sabemos cuál
va a ser ella" Es la incertidumbre agobiante; nos produce desazón,
desconcierto, inseguridad. Nos gusta ser previsores incluso, manejar el factor
sorpresa en lo que no es decisivo: el regalo o la fiesta sorpresa. Necesitamos la certeza de que lo fundamental
de nuestras vidas seguirá un curso de continuidad que nos permite saber de
antemano qué hacer, a qué atenernos. Los
cambios bruscos nos provocan desconcierto; nos dejan en la crisis del
cataclismo que puede ser físico, económico, afectivo, social, moral; etc.
f) Según como
habitemos el espacio será nuestra experiencia.
¿Recuerdan algún rincón
amado? ¿Recuerdan algún lugar al cual jamás quisieran volver, por muchas
comodidades o lujos que éste les ofreciera?
Habitamos el espacio; esto es, lo teñimos con nuestra historia de vida y
éste, a su vez, nos hace saltar a pasados, provocándonos emociones, recuerdos,
que pueden ser gratos o no. Por otra
parte, podemos hablar de espacios acogedores o desacogedores; espacios que con
su vestimenta, promueven la paz o la violencia.
Somos personas que se inspiran en un paisaje o en habitaciones vestidas
por experiencias en ellas tenidas. Por
ello, el inventario de un lugar no tiene el mismo sentido o valor para dos
personas.
Nos proyectamos no sólo según
nuestros tiempos, sino en un lugar; en una circunstancia. No da lo mismo cualquier lugar para construir
el hogar, para celebrar o para pasear por él. En un lugar somos extranjeros; en
otros, estamos en lo nuestro… No es lo mismo invadir un lugar que cultivarlo:
“Es el espíritu y no el cuerpo el que arraiga la tierra del lugar”, dice
Nicol.
De
acuerdo con lo expuesto hasta aquí, es claro que la sabiduría de vida, no
dependerá de la edad, puesto que no depende de la cantidad de experiencias,
sino del cómo integremos esa experiencia, cómo captemos su sentido de
ascensión, de tal modo influya positivamente en nuestros propósitos y
fortalecimiento. Muchas veces, no nos damos el tiempo para volvernos sobre
nosotros mismos; a veces, por comodidad o temor a no saber cómo enfrentarnos;
así el ser humano se va volviendo un inconciente, se va bestializando.
Reflexionar sobre nuestras experiencias vividas directamente o en la
experimentación fílmica es también una experiencia; tratar de explicar esa
experiencia también lo es…
Educación,
filosofía y reverencia
Una de las grandes tareas que todo educador debe asumir es
despertar el sentido de la reverencia, es decir, trascender la superficie de lo
bonito u ornamental que place, para amar lo que sólo es amable. En una época
depauperada por el utilitarismo, por el afán de reducir la realidad a lo
objetual o cósico de ella, los valores se inventan, vulgarizan, desacralizan.
Sin reverencia no hay filosofía, consecuentemente, no habrá educación.
Reverencia,
acogimiento, recogimiento y sobrecogimiento son propios de todo amor; son el juego de
la trascendencia de ser. Sin respeto por lo real, por la verdad, bien y belleza
que pertenecen a la realidad, no hay perspectiva sino dispersión; no hay
convicción, sino consenso y conveniencia.
Trascendencia: El educador, descubridor
y enseñador de la verdad, bien y belleza, se realiza en su tensión amante hacia
la realidad verdadera o auténtica verdad; su actitud para con la realidad es
análoga a la del amante para con el amado: reverencia, trascendencia, acogimiento…
El hombre de vocación educativa, amante del Universo, anhela su cultivo
cultivando cultivadores; se profesa, profesando lo humano mismo: es el
profesional de profesionales.
Reverencia: Ante el poder de lo real, el educador
- filósofo amante de la verdad, extasiado, vislumbra en cada realidad lo
fontano de ellas: es el encuentro más profundo; una especie de impacto con lo
misterioso mismo, con aquello que supera la razón humana… Allí, entre él y la
realidad, no puede haber sino respeto y agradecimiento por el ser mismo sobre
el cual no tiene el dominio de su principio pues le ha sido donado. Surge
entonces la reverencia. La reverencia aúna distancia y cercanía; distancia que
no es lejanía sino respeto y cercanía que no es adueñamiento o fusión sino
encuentro. El respeto posibilita la contemplación de la realidad; el
descubrimiento que no desgaja ni reduce; que lleva al asombro y, desde éste, a
la admiración ante lo valioso de ella. La reverencia expresa el vínculo del
amante con lo amado; con la realidad como fin y no como medio. Es el encuentro
con la realidad, con la verdad real, el fin del filosofar y del educar; pues la
sola presencia de ella regocija a todo ser que está preparado para el goce de la
belleza.
Acogimiento: Sin otra intención que
descubrir para amar, sin reducciones o prejuicios, el filósofo educador o,
educador que filosofa, pone a disposición su amor y entendimiento para recibir
la realidad que se ofrece ante su entendimiento. Sabemos que sólo podemos
acogerla y atenderla en nuestra intimidad. Su nobleza, sus misterios, nos hacen
sentirla insondable…Entonces, nos recogemos
para otorgarle nuestra dedicación sin intrusos que alteren nuestra intención:
admirarla, cultivarla… Es el recogimiento que acuna los grandes misterios que
remecen nuestra alma ante la plenitud de la creación…

16. UNA PEDAGOGÍA ESTÉTICA Y EXPERIENCIAL CONFORMAN UNA CULTURA DE PAZ