Por cuanto
principio y fin de la educación es, en su intención y ejecución, la actualización o perfeccionamiento
voluntario e intencional del ser personal que somos, resulta también ser uno de
lo atributos que tiene mayor incidencia en
el direccionamiento de la existencia humana y del mundo como
co-creación. Se
entiende, entonces, por qué se justifica una máxima preocupación por ella; más
aún, si tomamos conciencia de una serie de confusiones que sufre el llamado
“mundo intelectual”, con su consiguiente falta de auténticos líderes y la
suplantación de estos por ídolos, modas, opiniólogos o afanosos mercenarios de
las ciencias, técnicas, artes e incluso religión. ¿Cuál es la dirección que hoy
marcan las rutas que va trazando el hombre; de qué depende la dirección que el
hombre les da? El químico, experto en la manipulación de la fórmula del
plutonio, ¿hacia dónde dirige sus conocimientos, destrezas o competencias? El
artista, ¿busca la belleza y el éxtasis o se deja llevar por las impresiones
espontáneas que sólo mueven el gusto, el
placer y el vértigo? El técnico, inventor del celular o de la Internet que
acorta distancias ¿logra con ello comunicarnos más? ¿Y nosotros, actuales o
futuros educadores que elegimos, por supuesta vocación, servir educando…;
nosotros, guías de la humanidad y en ella de todo profesional; nosotros, los
profesores, profesional de profesionales ¿qué lugar otorgamos a la ascética y a
la mística en la ruta de nuestro servicio?
Noticieros, libros, congresos, políticos, profesionales; en fin,
servidores y servidos, claman por mejorar la calidad de una adjetivada
educación de mala calidad; pero ¿qué se
entiende por “educación de buena o mala calidad”? En sentido estricto,
¿puede existir una educación de mala calidad o de lo que se trata es de una
ausencia de educación? ¿Qué es educación?
Dos formas de ignorancia: Cabe aquí recordar dos formas de ignorancia en que
podemos caer:
1)
Ignorancia no voluntaria, cuando ignorando por completo la existencia de
una realidad o situación, con desconocimiento absoluto de ellas y sin
intención, se cometen errores por omitir lo que realmente desconocemos. Por
ejemplo, el médico no sabe qué decir respecto de lo que causó el cáncer al
pulmón en un paciente que no fumaba. En este caso, se trata de un error propio
de la perfectibilidad de todo lo que el hombre hace. No podemos saberlo todo; lo importante es
saber que no se sabe y no engañar ni engañarnos, afirmando lo contrario. De esta ignorancia no somos responsables.
2)
Ignorancia de disposición, cuando hay una actitud de imponer una idea, método
o técnica que domine la realidad;
sin importar su reducción o deformación.
En este caso, intencionalmente,
se suplanta la realidad por proposiciones que aparentan ser verdaderas;
es más, se argumenta para una comprobación que se sabe lógica o cuantitativa
pero no real. No se trata del científico
que sabe que le falta mucho por saber y que sabe que puede errar, sino que estamos ante un cientificista o pseudocientífico
quien no comete un error por desconocimiento sino con intención de
engañar. Se trata de un problema ya no
de comprensible ignorancia sino de inmoralidad; ya que se hace uso de la
inteligencia para producir una apariencia de ciencia o sofística. Recuerdo haber compartido varios viajes con
una psicóloga que me aseguraba “Sé que profesionalmente no estoy actuando en
forma correcta, pues no averiguo las causas que llevan a mis pacientes a la
depresión o neurosis; pero hago lo que me enseñaron y es fácil de hacer;
averiguar las causas me llevaría a estudiar mucho más y a dar mayor atención a
mis clientes…ganaría menos y tengo proyectos económicos”.
De esta ignorancia somos
responsables, pues se trata de un engaño.
El problema es que el sofista o aparente
científico o falso filósofo no engaña en forma aislada o simple; sino que para
lograr credibilidad, estructura un sistema de engaños que transmite a los
demás. Así, existen sistemas erróneos de
pensamiento. Es más, si todo lo que dijeran fueran mentiras, fácilmente
serían descubiertos, por ello hacen uso de diversas estrategias de manipulación
para desvirtuar la realidad. Así, mientras
el educador ordena su vida al descubrimiento y enseñanza de la verdad; el
sofista ordena su vida para aparentar
que sabe. Ahora bien, el engaño puede
darse en diversos niveles. En el nivel de la observación, un biólogo, por ejemplo, puede emitir un juicio verdadero “Existe
similitud entre la apariencia de los lagartos y las tortugas”. Pero, en un segundo nivel, esa observación
intentará llevarla a la teoría,
insertando la categoría de “causalidad” pero sin tener demostración de la
misma: “La tortuga –dirá- evolutivamente procede del lagarto”. Esta aseveración ya es gratuita y más aún algunos
la universalizarán, agregando: “Los animales proceden unos de otros por
evolución” ¿Cuántos sistemas se han
montado sobre el engaño, desvirtuando la realidad? ¿Podríamos dar ejemplo de
algunos de ellos que tienen repercusión en la educación y en la ruta moral que
ha seguido el hombre actual? ¿Cuáles son las consecuencias de su amplia
popularidad?
Preeminencia del método por sobre
la naturaleza de la realidad: Es común escuchar que una afirmación carecería o no de valor científico,
tomando en cuenta sólo si se apoya o no en un riguroso y consabido método que
irradiaría en ella su carácter de cientificidad; ello, debido a su
sistemacidad, objetividad, exactitud, verificabilidad. No hay dudas, estamos entonces ante un creyente
de la razón y de la estadística como avales de la verdad. Pero, si el científico tiene por vocación y
misión el deber de ser un descubridor y entendedor de realidades (donde la
rigurosidad del método tendrá que ser evaluada por su capacidad para instalarnos
en esa realidad tal cual es), ¿qué pasa entonces con el sistema de evaluación
que prevalece en nuestro país y en muchos otros? ¿Es posible que una proposición falsa, que
desvirtúa la realidad, pueda ser considerada científica y exacta sólo porque hace
uso de un método y técnicas o estrategias catalogadas de antemano como
científicas? El investigador que echa las redes al mar, aunque lo haga
múltiples veces y realice una estadística de muestras, no puede asegurar que
allí no existen peces de menor tamaño al diámetro de los orificios de su red.
También es absurdo deducir que en un condominio donde viven 30 familias, con un
total 120 personas, se necesitan 4 camas por hogar. Al respecto es importante considerar el abuso
que hoy se hace de los datos estadísticos.
La estadística cuenta los efectos que se
repiten; cuestión imposible de hacer en el ámbito de lo humano donde debiera
primar la originalidad, creatividad, voluntad, el sentido… todos atributos que
emanan de la libertad de ser que caracteriza al hombre. De ahí que los archivos se van llenando de estadísticas de pobreza,
rendimiento, deserción escolar, muerte por accidente, femicidio… mientras, el
ser humano queda esperando que descubran su realidad y la situación vital en
que se encuentra; cuestiones éstas que no entran en la estadística pues cada
caso sería “uno”. ¿Qué otorga,
entonces, el carácter de verdadera a una
afirmación; la exactitud del ordenamiento estadístico de los datos que se
presentan o que las afirmaciones correspondan a la realidad?
Ahora bien, como educadores urge
tener claridad exacta sobre nuestro quehacer; con exactitud real, esto es,
cualitativa. Como administradores de
diferentes servicios educativos nos interesará responder a todos los cuántos;
pero si queremos que esos cuantos sean de calidad, debemos preocuparnos de sus
qué, por qué, para qué y cómo. Por
ahora, a modo de ejemplo de una problemática que nos afecta a todo los
profesionales vinculados a la educabilidad (capacidad de educarse) y aceptando
que existe una perfectibilidad educativa, preguntémonos de qué depende la
actualización de ésta; qué la define, qué la determina, qué la condiciona. Y si
queremos estar a la moda, también preguntémonos ¿qué “competencias” requiere
desarrollar el hombre de hoy para educarse y cuáles serían, entonces, los “indicadores”
educativos que expresarían esas competencias? Es más, en un plano anterior y
más profundo, dadas las condiciones en que nos encontramos viviendo,
preguntémonos si hoy tiene sentido ser educador y cuáles serían los alcances de
este educar. ¿Acaso no sería más leal consigo y con los demás, declararse
incompetentes o desinteresados en formar en principios de vida y elegir la
funcionalidad que es neutra? ¿Por qué, en definitiva, no nos ponernos como meta
ser los mejores instructores, informadores, ideologizadores o estrategas de la
manipulación y de la eficacia? ¿Tiene
hoy sentido la formación de un hombre férreo en principios de vida; de tal modo
que por convicciones llegue a renunciar
al merecido sustento y bienestar, si obtenerlos le significa atentar contra los
valores aprehendidos como tales? ¿Para
qué educar; informamos y formamos; para crear una sociedad de conocimientos y
destrezas o para poner estos al servicio de una sabiduría de vida? Estas y
muchas otras interrogantes debe enfrentar, desde siempre, y hoy más que nunca, quien en su vida dispone
de la educación como profesión y trabajo; pues dependerá de la calidad de sus
respuestas, la calidad del compromiso que asuma con la sociedad a la cual servirá;
también dependerá el sentido y valor que dé a las ciencias, las técnicas, las
artes, la política, la religión, la familia, la amistad, la naturaleza, la vida
y la muerte….
El diario acontecer
muestra que sin educación podemos construir, y con mucha eficacia, poderosas
comunidades nacionales e internacionales que aseguren un alto enriquecimiento
material; pero también deja en evidencia que sin una auténtica educación es
imposible consolidar la formación de una persona honesta, justa, caritativa; en
fin, una persona leal a los valores que elevan el poder adquirido u
otorgado a rango de autoridad. Bueno es
traer al presente el sentido de los términos “Autoridad” y “poder”, ambos
acuñados por los romanos como “auctoritas” y “potestas”, respectivamente. El primero, hacer referencia a la idea de
“Autor”, esto es, a quien creador de su obra tiene conocimiento de ella: de su
ser (qué), por qué, para qué y cómo. De
aquí se deduce que la autoridad conoce
su obra y la ama; por lo tanto,
si además tiene el poder (potestas) puede bien representarla y en forma sabia
tomar decisiones que le beneficien; pues desde ya respeta su ser. Por ello, el poder sin autoridad es sólo un
ejercicio de dominio que se puede adquirir de diversas formas. Se puede ser jefe, sin ser autoridad y no
serlo, siendo autoridad. La preguntas
que surgen entonces son ¿Formamos para lograr un ser que se constituya en
autoridad o que sólo maneje las estrategias que llevan eficazmente al poder?
¿Formamos un cultivador, co-creador del Universo o un dominador y aprovechador
sin fronteras? ¿Formamos para ser buenos servidores o para ser por sobretodo
servidos? Si el científico es quien sabe descubrir y el técnico es quien sabe
hacer algo, ¿estamos formando hombres con
diversas vocaciones pero siempre respetuosos de la verdad, bien y belleza
o sólo nos interesamos por formar hombres competentes, eficaces y
productivos, convirtiendo entonces al
científico en técnico y a éste en
operario?
Pareciera que el acento está
puesto en procurar un mundo cada vez más tecnologizado... ¿Se han preguntado
qué persigue el hombre con la construcción de rascacielos como Burj Califa o Torre Dubai, con 818 metros de altura y
una visibilidad desde 95
kilómetros de distancia, 58 ascensores que ascienden a 10 metros por segundo?
¿Cuál es la altura humana de quiénes hoy se proponen, en el mismo lugar,
construir dos edificios que superan los mil metros; cuál es altura humana de
quienes anhelan vivir allí; cuál es el costo que tiene ello para la humanidad?
¿Cuándo el llamado desarrollo tecnológico deja de ser progreso y se transforma
en agresión? ¿Cuál es la finalidad educativa de la ciencia, técnica y artes; o
acaso deben ir en forma paralela, ajenas a la educación y, por lo mismo, a los
valores humanos y de la naturaleza?
La tecnologización del hombre se hace patente
en el instrumentismo, maquinismo (cibernetismo) o artificialización que invade
el mundo, con la consiguiente despersonalización y mecanización del trabajo, del hogar, del ocio y de todo ámbito. Estamos en la era del hombre y mujer
fabricados: Rostros y cuerpos modelados a arbitrio, placer en base a drogas,
funcionalización de sí mismo… El hombre
masa de hoy – porque siempre ha existido; ya que los líderes siempre han sido
los menos- es un ser que se somete a la
ley de normalización, la que a su vez se subordina a la forma funcional de la
máquina. No se trata de una cuestión de
falta de capacidades o de acceso restringido a la educación; se trata de un
estilo de vida elegido como tal, como un ideal.
Terminología como liposuccion. Lipoescultura, abdominoplastia,
dermolipectomias, Lifting facial o de muslos, Blefaroplastia, Rinoplastia,
Otoplastia, pasan a formar parte habitual de los presupuestos. Hay una cosificación de la persona; el ideal
de una figura maniquí. Es el hombre
confundido entre el poder y el progreso; un hombre que al no saber de sí no saber qué hacer de sí y del mundo. ¿Cuál es nuestra misión educativa al
respecto?
Vivimos un mundo de la información y
comunicación cada vez más rápida y perfecta; tecnológicamente hablando… La
comunicación pasa a ser conectividad. Comunicación-Conectividad. “Conectarse,
estar conectado” son expresiones frecuentes. La conexión, como mencionaba
previamente, es un bien en sí mismo, y por tanto un derecho. Estar conectado
representa estar en el mundo, formar parte del sistema, lo que te permite a su
vez ser creador de nuevos sistemas. La conectividad es condición necesaria para
la comunicación a través de la red. Las formas comunicativas están
transformándose dentro de la red a través de la creación de las comunidades
virtuales.” (Cf. http://campus.usal.es/~teoriaeducacion/rev_numero_02/n2_art_gros.htm ) La pregunta surge ¿A
mayor conectividad, mayor comunicación?
Es interesante reflexionar sobre la
propuesta de Begoña Gros, profesora
titular de la Facultad de Pedagogía de la Universidad de Barcelona,
especialista en la utilización de las Tecnologías de la Información y la Comunicación
(TIC) en el ámbito educativo ( thbgs01d@d5.ub.es):
Los medios no sólo nos masajean sino que
masajean a la educación, se introducen en nuestras vidas y, de pronto, nos
damos cuenta de su influencia. No acabo de entender muy bien las razones, pero
los profesionales de la educación se ocupan poco de los medios. Los critican,
eso sí, con mucha frecuencia. Los contenidos de los medios no son apropiados,
los niños pasan demasiado tiempo delante de la televisión, del ordenador, de la
consola,… No leen porque hay informática. No salen a jugar porque hay
ordenadores. Los padres miran a sus hijos, los dejan delante de la televisión.
Ven la programación infantil y no hay problema (eso piensan). Los educadores
les advierten: vea la televisión con sus hijos, introduzca el espíritu crítico,
analice los mensajes. Pocos lo hacen. Los padres miran los ordenadores, ven a
sus hijos absortos delante de la pantalla. ¿Cómo pueden pasar tantas horas
concentrados delante del ordenador?, controlan el tiempo que pasan, no son
capaces de hacer nada más. Los educadores les advierten: no todo lo que hay en
Internet es positivo para sus hijos, cuidado con los juegos que le compra:
DESCONCIERTO TOTAL.
El problema es que los profesionales de la
educación también están desconcertados. Hay que ser flexible, integrar medios,
diseñar nuevos modos de formación, nuevas formas comunicativas. ¿Por dónde
empezamos? Este es el reto y, a la vez, un camino que los profesionales de la
educación no pueden descuidar. Nuestros alumnos de hoy son muy diferentes a los
de hace diez años, no podemos enfocar el proceso de enseñanza-aprendizaje de la
misma forma y, es fundamental, crear profesionales capaces de contribuir a un
buen desarrollo de las tecnologías de la información y la comunicación para que
la cibercultura sea de verdad, una cultura. “
El mundo como reto educativo
Educar es mucho más que informar o instruir en
fórmulas o conceptos abstractos a un hombre también abstracto. Educar es encontrarse, cara a cara con el
otro; es construir un diálogo situado en un mundo que mientras para unos es
sólo medio de subsistencia, de poder, placer o comodidad; para otros, es reto a
descubrir, entender, cultivar, amar…. El mundo de Sócrates era un mundo donde
los sofistas tenían el poder que otorga una masa no crítica, sin
cuestionamientos, sin razones. En ese
mundo, Sócrates aparecía como alguien peligroso que hacía tomar conciencia del
no saber, de la necesidad de interrogarse e interrogar. Sócrates era un
atentado al populismo; pedía razones, argumentaba; era un hombre que se guiaba
por sus convicciones que cuestionaban las convenciones establecidas. Hoy, ¿Cuál es el hombre que aspiramos a
formar y cuál es el mundo en que hoy debemos desempeñar esa difícil tarea de
educar? ¿Cuáles son las convenciones que sostienen la imagen del hombre y del
mundo actual; cuáles las convicciones
fundamentales que deben guiar al educador?
Veamos algunas
Características que modelan en
gran parte el mundo actual:
En
primer lugar,
prima un conocimiento que privilegia lo general o la probabilidad por sobre lo
universal; tan vertiginosamente como aparece, se disuelve tras estadísticos
enunciados. Hablamos de una sociedad de postulados desechables; de la moda en
el pensar, decir, actuar y obrar; de una “verdad” canjeable y perecible; de
datos que se mueven en lo superficial y efímero; de lo tan sólo acomodaticio y
conveniente.
En
segundo lugar,
el desarrollo de las “NTIC” -Nuevas Técnicas de la Información y Comunicación-
más aventajado que el desenvolvimiento del pensar, se despliega tan rápido como
los acontecimientos. Así, medios que poseen todos los recursos y atractivos de
la imagen, se hacen cada vez más accesibles a una comunidad sin distinción de
discernimiento, madurez, conciencia moral o sanidad mental y emocional.
En
tercer lugar,
un avance técnico (no tecnológico) desvinculado del saber científico y ético,
lleva a consecuencias incontrolables: avanzado armamento bacteriológico,
prácticas de ingeniería genética deshumanizada y despiadada, cirugías
despersonalizantes y mucho más ejemplos que ustedes fácilmente podrían añadir.
No cabe duda: el conocimiento en manos de un hombre sin valores clarificados y
asumidos como tales, arriesga la ecología planetaria y la existencia de toda la
humanidad.
Como
consecuencia
de lo anterior, podríamos reflexionar sobre una cuarta característica, a saber, el afán de placer tras un poder
social y económico que arrasan contra todo valor y principio, contra toda
vocación de amor y servicio: Es el primado de la avaricia por sobre la
justicia; la conveniencia por sobre el honor; la manipulación por sobre la
educación; la envidia por sobre la gratitud; la competitividad por sobre la
colaboración; en fin, la violencia por sobre toda convivencia en paz.
Al
paso de estas primeras reflexiones –no son estos los únicos retos- no cabe duda
que es un deber ineludible cumplir con nuestro compromiso de educar y educar
más allá de las aulas: Sólo se trata de una cuestión de vocación y misión;
deber y convicción.
Es claro que la relación del hombre consigo
mismo, con los demás, con la naturaleza, con la cultura, con Dios, ha sufrido
cambios los que a su vez han cambiado al hombre mismo: su ritmo de vida, su
forma de sentir el tiempo y el espacio, su mentalidad, sus valores, su sentido
de la ignorancia y del misterio; la idea de vida y de muerte y de sus propios
límites. ¿Qué valor se da en este mundo a la presencia real del otro, al amor,
al instante único, a los rituales…? ¿Qué tienen que decir al respecto? ¿Cuál es
la misión del educador en relación con la respectividad del ser personal?
Conviene, en este estado de cosas, hacer una revisión profunda de como estoy viviendo hoy y renunciar a todo aquello que se aleja de mi humanidad.
ResponderEliminarSí Walter. Pero debemos llegar a muchos más e instarlos al reencuentro con el propio ser: Existir desde la esencia... Confirmar nuestra esencia a través del existir cotidiano; en el convivir dialógico, co-creador...
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